HISTORIAS DEL COHOUSING:  Gemma

 

Mientras desayunaba, sentada en el porche de su casa, aspirando profundamente el olor de la flores del arriate cercano, mezcladas con el aroma del café que se acababa de preparar, Gemma pensaba en que fue un acierto, dos años antes, decidir unirse a esa iniciativa de cohousing.
¿Cómo fue? ¿Cómo se me ocurrió hacerlo?  Pensaba; Cuando Isabel y Joan le hablaron de ello no los tomó muy en serio; después de todo, una no cambia de casa y de vida tan fácilmente; Ella ya tenía su vida montada; Su trabajo, ni muy cerca ni muy lejos, su paseo en la guagua hasta el centro, su cafecito en el Casa Tey antes de entrar a trabajar; su rutina de trabajo, leer y responder hojas de reclamación; era un trabajo seguro, la gente nunca se cansa de reclamar se decía. Luego, al mediodía su mesa reservada en La Placeta, donde almorzar viendo a la gente pasar, viendo quien de nuevo se sentaba cerca, y echar una ojeada al periódico; trabajar unas horas más y volver a casa, a tumbarse en el sofá viendo sus series preferidas, o chatear un rato por Internet con su hermano de Australia, ese jodido si se marchó lejos!!, poquito, pues el horario totalmente antagónico hacía que nunca coincidieran sino unos momentos.
Esa rutina la tenia atrapada, pero se sentía en paz; su vida desde luego era más tranquila desde que se divorció y mucho más ordenada.
Pero le metieron la idea en la cabeza; tenían tanto entusiasmo, mientras debatían como sería esa comunidad en la que soñaban y trabajaban. Tras escucharlos cada mañana, tomando el café en Casa Tey, sentados en la mesa de al lado, fue poco a poco descifrando sus conversaciones, que llegaron a interesarle, y sin saber como se encontró levantándose de su silla y acercándose a la mesa de al lado, y ya pasó a formar parte de su proyecto.
De repente tenía dos nuevos amigos; sin darse cuenta, poco a poco, su vida había ido cambiando, quedaban en verse para hablar sobre la vida, sus valores,.. cualquier cosa, una bolsa de plástico, algo a lo que nunca habia dado la menor importancia, en boca de sus nuevos amigos se convertía poco menos que en posible causa de la desaparición de la tortuga careta-careta de los mares,… curioso, para que necesitábamos tortugas y hasta tenían nombre, y porqué preocuparse por todo,.. pero en el fondo le atraía su juego, y cada día descubría nuevas y nuevas perspectivas que hasta entonces había ignorado,.. energía limpia, ecología, y pronto se encontró dejando las series y enfrascándose en buscar en Internet como diseñar un sistema de compostaje para un huerto ecológico, o como sembrar cultivos de niscalos en bosques de pinos jóvenes. Sí, su vida, sin darse cuenta, había dado un vuelco total, pasando de la monotonía a la expectativa de cosas nuevas en su vida, gente nueva, amigos nuevos, actividades nuevas, y se sentía a gusto con el cambio.
Aquella mañana, mientras saboreaba su café, recordaba como había llegado hasta allí. Desde su terraza, veía el mar, en el fondo, tras lo arriates de flores, y se sentía mejor allí que en su antiguo piso; También había cambiado su trabajo,.. resultó que ese trabajo que iba a durar para siempre fue zarandeado por las nuevas tecnologías y ahora un ordenador “leía y resolvía las quejas”, así que tuvo que buscar trabajo,.. resultó que se podía trabajar haciendo funcionar el negocio de producción y comercialización de setas que habían planeado en la comunidad, y se encontró trabajando en algo que nunca soñó, y se sentía mejor con las setas que con los expedientes de reclamaciones.
Sí, poco se imaginaba, dos años antes, como iba a cambiar su vida. Lo que parecía una quimera fué convirtiéndose en un proyecto, con números, con debates de un grupo que fue ampliándose, finalmente con unas obras, que convirtieron en realidad las bellas casitas de cada uno, la urbanización, la gran casa común, la piscina cubierta, junto al huerto; finalmente cuando las placas solares fueron conectadas la energía limpia puso en marcha el complejo, la depuradora que reciclaba las aguas sucias, el riego automático,.. y se encontró celebrando una gran fiesta de inauguración, y compartiendo cada día el almuerzo, ese que antes tomaba sola, en un acto social agradable, donde departir con sus vecinos y amigos.
Por cierto, pensaba, terminando ya su café matinal, ese dolor de espalda que noté al levantarme es molesto, creo que esta tarde me daré un baño de agua tibia en la piscina, y me apuntaré a la fisioterapia grupal de los jueves,  que una tiene que cuidarse, y no quiero estar pendiente del dolor el sábado por la noche para la partida de canasta.
Hasta su hermano, al que en el chat cotidiano había ido contándole su nueva vida, había decidido venir  a verla, y se alojaría en la misma comunidad, en uno de los apartamentos adaptados cuyo alquiler les proporcionaba también ingresos. Quería verla en su nueva etapa de “hippie” le dijo, y pasar unos días juntos. Estaba segura que su hermano iba  a estar encantado y a aprobar su nueva vida.
Si, mientras desayunaba, sentada en el porche de su casa, aspirando profundamente el olor de la flores del arriate cercano, mezcladas con el aroma del café que aún flotaba en el aire, Gemma pensaba en que fue un acierto, dos años antes, decidir unirse a esa iniciativa de Isabel y Joan.

Jedey, julio 2018. (Historias del cohousing: Gemma)

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